Había una vez… un matriarcado

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Había una vez, una época, en la que organización social era horizontal, es decir,  nadie estaba por encima de nadie, se trabajaba por el bien de todos y se vivía en común-unidad.

Hombre y mujeres creíamos en la igualdad de los seres.

Conocíamos nuestros ciclos, danzábamos a la  luna, las estrellas y el sol.

Paríamos con placer, amábamos desde las vísceras, sin miedos ni ataduras, hacíamos el amor en libertad.

Conocíamos el poder de las plantas y curábamos con ellas, honrábamos a nuestra madre tierra reconociendo en ella la divinidad, tomando sus frutos con respeto y reciprocidad.

La vida misma y sus ciclos los celebrábamos bailando, portábamos el conocimiento que pasaba de generación en generación de forma oral. Los niños los criábamos entre todas, no existía la soledad por que vivíamos en tribu.

Nuestro útero era blando y flexible, brillaba al son de nuestras caderas cálidas y serpenteantes.

El fuego y aire nos limpiaban el alma herida, el agua y la tierra nos acunaban el cuerpo cansado.

 

Matriarcado.

Hasta que un día la semilla de la ambición germinó, cosechando en los hombres las ansias de poder y dominación. Llegaron desde lejos con sus guerras y sus armas, queriendo conquistar la tierra y acumular sus riquezas. Pero se encontraron con una fortaleza infinita que no compatibilizaba con sus deseos. Nos temieron y por eso nos doblegaron.

Nos llamaron brujas y nos quemaron en la hoguera. Nos obligaron a parir con dolor; fingimos sudor y lágrimas, de ahí que nuestra descendencia  asocie la vida con el sufrimiento.

Olvidamos las plantas y sus nombres, nos separamos de la tierra, nuestro útero se volvió rígido…la sangre espesa.

Patriarcado.

Y aquí estamos hoy, en medio de una sociedad que te mide en base a tu puesto laboral, tu sueldo, tu auto, tu casa etc. Pero de pronto, en medio de esta gran vorágine, algo te sacude, desde lo más profundo de tu ser se estremece tu alma y pide a gritos salir a la luz…volver a la tierra.

Es tu bruja sabía que encerrada en la “razón” pide encontrarse con las estrellas nuevamente, es la loba que clama por reencontrarse con la manada una vez más.

Muchas veces es  una enfermedad la que nos muestra el camino y nos obliga a detenernos y buscarnos adentro.

Muchas veces dejamos atrás parejas, amigos, familia, y aunque no nos guste, la soledad se transforma en compañera.

Es el camino de la bruja; perderse para encontrarse. La senda de la mujer sabia que se reconstruye desde las cenizas y vuelve a reconocerse mamífera, hija salvaje de la tierra. Que renace del inframundo y decide habitar su cuerpo de manera consiente, amándolo, mimándolo y honrándolo.

Es la vida de la mujer de hoy que un día decide aceptarse y amarse, que un día se mira al espejo, abre sus alas…y vuela.

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